22 ago. 2014

Rubén Pedro Bonet, el Indio, ejemplo de militante Revolucionario

Rubén Pedro Bonet, el Indio
Hugo Montero, de Revista Sudestada, especial para la Presidencia Honoraria del VII Plenario de la Juventud Guevarista de Argentina.

Hombres y mujeres vinculados a la lucha clandestina, perseguidos durante años por la represión, ocultos detrás de nombres de guerra y de “minutos” estudiados para despistar, entrenados en la técnicas del chequeo y del contrachequeo, habituados a evitar filtrar cualquier referencia sobre sus datos personales que pudiesen destabicar a algún compañero. La crónica que intente ocuparse de ellos asume siempre la compleja tarea de superar obstáculos como los citados. Por eso muchos datos se contradicen, los recuer¬dos se nublan y las precisiones se ausentan. Parecen, en todo caso, piezas dispersas de un rompecabezas que dificultan el trabajo, que mezclan sus propias vidas con trazos de vidas ajenas, compañeras.

   El caso de Rubén Pedro Bonet, el “Indio”, no es una excepción a esa regla. Pero partamos de algunas certezas. Nació el 1º de febrero de 1942 en la localidad bonaerense de Pergamino, a unos 200 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. Hijo de una modesta familia, apenas sabemos que su padre trabajaba como colectivero y en cuanto a sus estudios, que eligió la carrera de Ingeniería Química. Lo concreto es que de pibe conoció de juegos en la calle, de subirse a los árboles más altos de Pergamino y de sembrar amistades para toda la vida, como la que compartió con quien sería, años más tarde, uno de los referentes del PRT y segundo de Santucho en la organización, Luis Pujals.

   Un documento interno del PRT destaca que el Indio se incorporó a Palabra Obrera en 1961, mientras todavía era estudiante secundario. El frente estudiantil fue su ámbito natural de militancia en los comienzos, pero aquí ya lo ubicamos trabajando políticamente en la provincia de Santa Fe. El mismo informe señala que el primer contacto con el morenismo llegó tras un viaje a Buenos Aires para un congreso de estudiantes. Allí se cita: “Los delegados del interior fueron invitados a una ‘reunión social’, [a la que] asistió creyendo que se trataba de una reunión partidaria, pero se encontró en una casa de Barrio Norte, con piano de cola y gente de traje”. La reacción del Indio ante semejante escenario no se hizo esperar: “criticó políticamente y agredió después al organizador de la reunión”. “Poco tiempo después, el Indio se proletarizó y no volvió a militar en el frente estudiantil; jamás abandonó, desde entonces, su actitud de desconfianza hacia los intelectuales en general y hacia los sociólogos en particular”, concluye el documento.
   La decisión de abandonar la universidad lo llevó a incorporarse al mundo laboral como obrero en la empresa textil Sudamtex primero y en la alimenticia Nestlé más tarde, ya en pleno proceso de unificación entre PO y el Frente Revolucionario Indoamericano Po-pular (FRIP). La experiencia de trabajo en fábrica le permitió a Rubén conocer desde adentro “las limitaciones del morenismo en el campo sindical”, para después admitir con ironía que Palabra Obrera había sido una “excelente escuela de cuadros para burócratas sindicales” por su línea “entrista”.
   Alicia, su compañera desde 1965, señala que seis meses después de conocerse, se casaron casi al mismo tiempo que su amigo de la infancia, el Flaco Pujals y su novia, Susana Gaggero. Un año después, nacía Hernán, su primer hijo, y en 1966, Mariana. “Como padre tenía valores morales muy rígidos y quería que sus hijos fueran educados como los mejores, porque pensaba que nosotros estábamos preparando el Hombre Nuevo para la nueva sociedad”, recuerda Alicia.

Rubén viaja a Cuba en febrero de 1968, con una escala en París durante la cual asistió como espectador a los sucesos del Mayo Francés. A su regreso, se suma a trabajar en la regional Buenos Aires y participa del complejo debate interno que envolvió a toda la militancia del PRT, donde se encuadra en la Tendencia Leninista, que dirige Santucho junto a Benito Urteaga, el propio Pujals y Enrique Gorriarán, entre otros. Al mismo tiempo organiza e integra los primeros comandos armados del PRT, integrados por militantes y también por compañeros extra-partidarios, y forma parte del grupo que lleva a cabo la expropiación del Banco de Escobar en enero de 1969 y también del asalto a los Laboratorios Merck. “Para el Indio las acciones debían ser siempre educativas para los compañeros que participaban; los reconocimientos, los ensayos, la planificación meticulosa, el intercambio de roles, etc., todo tendía a que cada participante de la acción asimilara el máximo de conocimientos técnicos acerca de la misma y el máximo de experiencia práctica”, subrayan sus compañeros, para después añadir como premisas: “Cuidar el detalle de las acciones era también para él un principio fundamental; las acciones debían ser ‘limpias’, sin bajas nuestras y sin bajas innecesarias de parte del enemigo”. El cuidado extremo en las medidas de seguridad de los compañeros, la economía de esfuerzos como práctica cotidiana que intentaba aplicar el Indio en cada acción contrastaban a menudo con las posiciones temerarias de muchos otros compañeros. Esta posición le generó recibir no pocas críticas en las células militantes. Casi siempre, la respuesta del Indio era la misma: “¿Cuál es nuestro objetivo? ¿Salir en los diarios o construir un ejército para tomar el poder? ¿Educar cuadros o fabricar mártires?”…

   A mediados de julio de 1970, Bonet se dedica de lleno a la organización del V Congreso del PRT, que se desarrollaría en las Islas Lechiguanas, en el rancho de un viejo anarquista en pleno corazón del Río Paraná. Delegado en esas jornadas, el Indio asumirá un papel protagónico en la reunión: “Me impresionó la seguridad y la certeza de sus intervenciones. En Buenos Aires, el Partido había quedado debilitado por la deserción de algunos cuadros de dirección. El neomorenismo, cuyos elementos terminamos de depurar en el V Congreso, hizo que sobre él y sobre Luis Pujals recayera el peso de la construcción de la línea y del Partido”, sintetiza Jorge Luis Marcos, el Colorado, sobre el rol del Indio en esa reunión que decidió, entre otros puntos, la creación del ERP.  

   La caída del Indio se produce el 19 de abril de 1971, mientras acompañaba a una nueva célula de compañeros en su primera acción callejera. Sin embargo, el combate militante persistiría detrás de las rejas de todas las comisarías por las cuales desfiló desde entonces, pasando por el penal de Devoto hasta recalar, finalmente, en la fortaleza de Rawson. De allí, se jactaban los militares, nadie podría escapar jamás.

Detrás de las palabras que elige Rubén Bonet en el aeropuerto de Trelew, expresadas con una tranquilidad que persigue como objetivo clarificar las ideas, sosegar los ánimos y preparar el terreno para la entrega del grupo guerrillero que quedó a minutos de escapar de Trelew; se olfatea la tensión extrema en el lugar. Están todos allí, apiñados en un pequeño rincón del aeropuerto, en silencio, escuchando a los compañeros responder las preguntas de los periodistas, respirando esos minutos de nerviosismo acumulado pero con la satisfacción de haber revertido una fuga frustrada en un acontecimiento político que, lejos de transmitir un perfil de tristeza o derrota, irradia ante las cámaras de la televisión una imagen de absoluto control de la escena. “La composición social de los diecinueve que estamos acá tiene evidencia de ser parte del pueblo. Acá hay compañeros obreros, trabajadores tucumanos de la zafra, campesinos, compañeros intelectuales, compañeros obreros industriales”, apunta Rubén ante los micrófonos. Sobre el problema de la violencia como último recurso, Bonet explica ante la prensa: “Nosotros hemos entendido que la única forma de combatir a la dictadura militar, al capitalismo, es organizándonos y creando una fuerza militar que derrote a la fuerza militar del enemigo… Nuestra violencia es la respuesta a esa violencia. La respuesta a la violencia del capitalismo. Somos el proletariado en armas”.

Por último, Bonet elige un eje que identifique a la operación, y por eso destaca la importancia de la acción común entre las organizaciones a través de un mensaje unitario que trasciende los hechos de Trelew, que habla también de un proyecto colectivo, en formación, en permanente construcción. Habla también, Rubén, de un sueño inacabado, y su voz no tiene tiempo ahora, cuando volvemos a revisar esa secuencia, cuando escuchamos otra vez: “En este sentido, bregamos por romper, por anular, en base a la discusión política, en base a la discusión frente a las masas, las pequeñas diferencias que tienen las distintas organizaciones armadas. Esto es una prueba de que en este momento les estemos hablando compañeros del ERP, de Montoneros, de FAR, y que coincidamos en que este hecho es nuestra voluntad. Tratar de lograr un ejército unido, de acabar con estas siglas que nos distinguen. En ese sentido, toda la discusión la haremos frente a las masas”.

   Algo germina en la voz del guerrillero. Como si un brote irrumpiera de su voz pausada y decidiera crecer, imposible, por entre los compañeros que escuchan con atención. Como si un trazo se asomara por detrás de la escena, y abrazara a todos los presentes esa tarde de agosto, en el aeropuerto de Trelew. Un trazo mínimo, un borrador desprolijo, un esbozo colectivo que rompe apenas el blanco del papel y empieza a cobrar forma. La semilla de una revolución que hoy sigue creciendo, que procura unidades pendientes, que va sumando pequeños fuegos que pujen por el gran incendio, que va abriendo nuevos cauces en miles de jóvenes en todo el país. Trabajadores, estudiantes, vecinos, militantes, activistas, compañeros. Semillas de una revolución que se alimenta de la historia de miles de hombre y mujeres, de historias como la de Rubén Bonet, el Indio, a quien hoy dedicamos la Presidencia de este Plenario. Uno de esos compañeros que una tarde, en un rancho abandonado en las Islas Lechiguanas, escuchó la arenga de Santucho y repitió en voz baja una frase, casi una sentencia que perdura en el tiempo, que también hoy nos señala las tareas pendientes: “Todo el Partido debe grabarse con letras de fuego el principio revolucionario de que no se puede destruir el capitalismo sin audacia y más audacia; y que una de las características más esenciales de un revolucionario es su decisión, que un revolucionario es un hombre de acción”.


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