30 jul. 2014

Andrés Carrasco, La Ciencia aplicada y al servicio del pueblo

Dejo una colaboración para la nota 'Blister América' en el Nro 23 de la Revista Mascaró, un poco por necesidad, un poco para no caer en el olvido de quién fue Andrés Carrasco, con una nota que continua la línea que dejó trazada

La ciencia y sus avances.. ¿al servicio de quién?

A principios de Junio, en FM La Tribu, en el auditorio completo de una casa con parlantes en el barrio porteño de Almagro, despidieron y homenajearon a Andrés Carrasco, uno de los últimos científicos comprometidos con la construcción de una ciencia al servicio del pueblo y de los primeros en la academia en decir  ‘No’ a Monsanto, estudiando, entre otras cosas, los efectos a corto y largo plazo del Glifosato.

Paradójicamente, casi una semana y media después, y como si Carrasco no haya sido concluyente – tan es así que sus estudios fueron tomados, entre otros, para echar a Monsanto de Estados Unidos y Europa- , la Legislatura de la Ciudad de Córdoba aprobaba la Ley de Convivencia Ambiental, o  ‘Ley Monsanto’, con una feroz represión a cargo de la policía en las afueras del precinto para con los vecinos y vecinas de Malvinas Argentinas.

El bloqueo mediático,  el aval político y la academia científica, fueron grandes y compactos cómplices. Ésta última, salió desesperadamente a teorizar ‘pruebas’ para demostrar lo ya refutado, es decir, para legitimar el sistema productivo imperante en el país y su expansión.

El mismo Carrasco, un tiempo antes de fallecer, escribió: “Hay en todos estos discursos, mucha ambición, soberbia, una pobre comprensión de la complejidad biológica y poca ciencia. Hay grandes negocios y un enorme relato legitimador que los científicos honestos no podrán evitar interpelar, aunque las empresas transnacionales compren todas las editoriales de revistas científicas o bloqueen las publicaciones y las voces que interpelan el sentido de la ciencia neoliberal-productivista.
La ciencia, su sentido del para qué, para quién y hacia dónde? está en crisis y nosotros en la patria grande no podemos fingir demencia si queremos sobrevivir soberanamente”

El debate que suscita a partir de la cita, como también del tema en cuestión en éste número es de carácter político, y en términos científicos, epistemológico, qué, cómo y para quién es la ciencia. Ésta no sólo ha sido devorada en su totalidad por el sistema vigente, sino que es su sostén teórico y técnico, y el espectro entero que la rodea es quien fundamenta, produce y reproduce las lógicas del Capitalismo.


Pero la academia, los laboratorios y centros de investigación norteamericanos no son la única cara de la moneda, Carrasco no ha sido un científico loco ni aislado de la realidad, tampoco su línea histórica.  La ciencia aplicada en lo Social comprende a su cara opuesta, la autodenominada ‘universal’ como uno de los grados máximos de dependencia cultural  y abogaban por una ciencia que se anime a romper los dogmas de aceptar sin crítica el razonamiento impuesto desde el Norte y transformarla en una no sólo “revolucionaria, sino revolucionada”.

Oscar Varsavsky ha sido una piedra fundamental para lograr pensar una ciencia que confronte con aquella que acepta a la academia ortodoxa en su falso carácter universal, absoluto y objetivo, proponiendo en contrastación una ciencia ‘Aplicada’, ocupada de los ‘Problemas Nacionales’ y regionales.
 Cuando el argentino escribe que “la ciencia actual no crea toda clase de instrumentos, sino sólo aquellos que el sistema le estimula a crear” plantea una interrogante que abarca toda la industria científica, ya sea farmacéutica, armamentística o automotriz.
En este marco no se entendería sino, cómo habiendo más científicos vivos que en toda la historia de la humanidad, con un avance sorprendente en técnica y teoría, todavía en nuestro país mueren día a día personas con el Mal de Chagas, o cómo la industria farmacéutica tiene la posibilidad de producir sólo para determinada clase social.
El problema aquí es político, y por eso continua diciendo que la ciencia se ha encargado crear “Bienestar individual de algunos o muchos, heladeras y corazones artificiales, y [las condiciones] para asegurar  el orden, osea la permanencia del sistema, propaganda, la readaptación del individuo alienado o del grupo disconforme. No se ha ocupado tanto, en cambio, de crear instrumentos para eliminar esos problemas de fondo del sistema: métodos de educación, de participación, de distribución, que sean tan eficientes, prácticos y atrayantes como un automóvil.”

La ciencia aplicada socialmente, debe volver a constituirse como una posibilidad y realidad para todos aquellos que busquen una transformación social, si una sociedad diferente se construye desde la crítica y discusión constante desde todos los espacios y lugares, ¿Cómo dejar librado al azar algo tan esencial y concentrado como la ciencia y quiénes la manejan?







Entrevista a Sara Rietti para TECNOSur de la Universidad Nacional de San Martín


“Hay que promover el desarrollo de una conciencia regional”

Sara Rietti, primera química nuclear del país, charló con TSS sobre la necesidad de construir un

pensamiento científico y tecnológico latinoamericano en conjunto con la sociedad, que responda a sus necesidades y enfrente los intereses hegemónicos.


Agencia TSS - Sara Rietti habla de Andrés Carrasco y se emociona. Ella, la primera química nuclear de la Argentina. Una mujer pionera en un mundo que reservaba (y aún reserva) los podios para los hombres. Que resistió a los “bastones largos” de la policía enviada por el gobierno militar de Onganía, cuando ingresaron a la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA por la fuerza. Que se pasó aquella oscura noche de 1966 sacando a sus colegas de la comisaría, junto a su marido Víctor Rietti. Que organizó su exilio a otros países de la región. “Hice un esfuerzo para que los investigadores que empezábamos a tener quedaran en América Latina, porque si se iban a los grandes centros, después no volvían”, recuerda Sara, que se encargó de repatriarlos con la vuelta de la democracia, desde su gestión como jefa de gabinete de Manuel Sadosky en la Secretaría de Ciencia y Tecnología.

Ella, que tiene seis décadas de carrera y hoy, a los 84 años, sigue escribiendo artículos, visitando universidades y cosechando discípulos a su paso. Que, a su vez, fue discípula de Oscar Varsavsky (“sigo siendo, todavía tengo mucho que aprender”, dirá luego) y, como él, siempre fue partidaria de la democratización del conocimiento científico, que promueva una sociedad activa en la construcción de una ciencia y una tecnología al servicio de las necesidades del país. Sara, una científica “politizada” en el mismo sentido de la palabra que ella usa para definir a Carrasco, el científico que denunció los efectos nocivos del glifosato y trabajó codo a codo con las comunidades afectadas hasta su reciente fallecimiento. Sentada en una habitación de su casa, también rebosante de historia, Sara lo recuerda y se emociona. Porque era su amigo y porque compartían una manera de entender la ciencia y la tecnología, que puede definirse como comprometida, democrática y soberana.

Oscar Varsavsky, Manuel Sadosky y Andrés Carrasco, admirados maestros y colegas de la cientifica Sara Rietti.

“A mí me importa mucho que haya participación, que la gente se sienta protagonista, que no lo inventemos todo nosotros. Cuando se la deja pensar, la gente es muy sabia. Fijate cómo las Madres de Ituzaingó, en Córdoba, mirando lo que pasaba a su alrededor, empezaron a detectar que había más casos de malformaciones que lo habitual. No tuvieron que hacer la carrera de medicina para eso”, remarca Sara, abriendo grande sus profundos ojos azules para confirmar su admiración por otras mujeres pioneras como ella, las primeras en denunciar sistemáticamente la toxicidad de los agroquímicos. “Y Andrés lo confirmó en el laboratorio con embriones, por eso fue tan perseguido. Para nosotros los científicos es una responsabilidad seguir ese camino”.

Sara es determinante: la ciencia y la tecnología de los países centrales son una importante herramienta de dominación. “Acá plantamos lo que no quieren hacer en Europa, porque ellos no quieren agroquímicos ni transgénicos. Tenemos una posición colonial”. Por eso, recalca que es fundamental implementar una política científica y tecnológica capaz de enfrentar los intereses de los grandes grupos económicos y de incluir a la sociedad que la alberga a la hora de definir objetivos y temáticas de investigación.

Para eso, la científica indica que el rol de las universidades en la democratización del conocimiento es clave y cita algunos ejemplos. La Red de Médicos de Pueblos Fumigados que se conformó en la Universidad Nacional de Córdoba, a partir del accionar de las Madres de Ituzaingó. Los compromisos que asumen las universidades nacionales de Rosario y del conurbano bonaerense al realizar trabajos para y con la comunidad en temáticas como el saneamiento de ríos y campañas de prevención de enfermedades. Y la vinculación que tiene la Universidad Nacional de Lanús con el Policlínico Evita de ese municipio. “Es muy importante que la universidad se involucre con la población, porque es una forma de transmitir enseñanzas para que la gente se haga protagonista de su salud”, remarca.

TSS – ¿Desde las políticas públicas también se impulsa la participación de la sociedad en el ámbito de ciencia y tecnología?

Yo puedo decir que eduqué bastante al ministro. He colaborado mucho con ellos en los comienzos del ministerio y ayudé mucho a que eligieran lo que yo sentí que era el camino correcto. Han creado varias iniciativas populares, como Tecnópolis, a la que yo he apoyado mucho.



TSS – Sin embargo, desde el Estado también hay políticas que impulsan el modelo sojero, que genera problemas para la sociedad, como la expansión del monocultivo que perjudica economías regionales o los efectos tóxicos de los agroquímicos de los que usted hablaba antes.

Pero creo que un poco es por ignorancia. Yo había pensado en llamar a la presidenta y explicarle algunas cosas… Es importante que la gente conserve la capacidad de proveerse su propio alimento, que preserve las tradiciones de conservación de su ambiente, que cuide su agua. Respetar eso es respetar la sabiduría milenaria de los pueblos. Hay que evitar la contaminación del suelo y del agua para que las poblaciones mantengan su lugar original, que no se tengan que desplazar a los conurbanos de las ciudades grandes. El asunto del desarrollo industrial a veces barre con todo. Mantener la producción local hace que se ocupe el territorio. De otra manera, vamos a tener un desarrollo industrial bárbaro con un país vacío.

Romper las cadenas del colonialismo científico

Sara habla de la democratización del conocimiento con pasión. Como si estuviera esbozando la idea por primera vez, aunque en realidad ha bregado por ello toda su vida. Sus preocupaciones por la construcción de una ciencia y una tecnología soberanas siempre se dividieron en dos aspectos clave. Uno es la necesidad de un “diálogo” permanente con la sociedad para conocer sus problemas y definir la investigación en base a ellos. El otro aspecto también tiene que ver con la comunicación, pero, en este caso, interna al mundo académico: la publicación en revistas científicas. ¿Cómo construir un pensamiento latinoamericano en ciencia y tecnología, que atienda los problemas de la región, cuando los parámetros de calidad de un paper son establecidos por países como Estados Unidos, Gran Bretaña o Alemania?

Publish or perish. Publicar o perecer. La consigna es clara. Sara también. Para ella, el sistema es una gran cadena de subjetividades disfrazadas de criterios objetivos para disimular los intereses hegemónicos de los países que ponen las reglas del juego. Los eslabones son varios y difíciles de romper. Los científicos necesitan publicar sus trabajos en revistas con alto “Factor de Impacto” (un parámetro de calidad impuesto por las grandes potencias, claro) para obtener mayor puntaje al ser evaluados en su carrera de investigador. Pero las de mayor impacto son extranjeras. Por ende, el jurado que acepta o rechaza la publicación de un artículo proviene de los países centrales. Esto condiciona la elección del tema, ya que una investigación que trate enfermedades endémicas de la región, como el Chagas, va a despertar menor interés. Además, el idioma de la ciencia es el inglés, lo que provoca que a veces los científicos directamente escriban los resultados de sus trabajos en ese idioma, sin pasar siquiera por el español.

La solución que plantea Sara para romper cadenas es concreta, pero no simple. “Es fundamental que nosotros reconozcamos el valor de la publicación local, que se le dé más puntaje a quienes publiquen sus resultados acá”, sostiene. “La ciencia necesita confrontación y comunicación. Es clave conseguir una masa crítica y una calidad académica para publicar revistas regionales que permitan evadir la exigencia de publicar en las revistas internacionales, que de alguna forma te ponen un molde”.

De esta manera, la científica insiste en que, desde el Estado, debe impulsarse tanto la comunicación interna de resultados entre científicos de la región como la divulgación de sus trabajos a la sociedad en general. Por ejemplo, cambiando los criterios de evaluación de los investigadores, al otorgar puntajes altos a quienes publiquen en revistas científicas locales y realicen actividades de divulgación en distintos ámbitos; y apoyando la creación de publicaciones regionales que establezcan reglas de juego alternativas, compatibles con la ciencia que necesita el país.

En este sentido, Sara destaca la necesidad de una integración regional efectiva y una cooperación fluida entre los países de América Latina. “La alianza con Brasil es sustantiva. Yo lo vi muy claro desde el principio, ese es un cierto mérito mío. Cuando fui asesora de Manuel (Sadosky), impulsamos la creación del Centro Argentino Brasileño de Biotecnología. Brasil ya era un país mucho más consolidado”.

TSS – ¿Cómo se puede revertir la dependencia tecnológica que tenemos actualmente con Brasil?

Por la cooperación, desarrollando intereses regionales, que el bienestar de Brasil, de Venezuela, de los países de la región, incida sobre nuestro bienestar y viceversa. Hay que promover el desarrollo de una conciencia regional. Aunque creo que hay bastante comprensión de que esa alianza nos da la fuerza. En realidad, la propuesta es relativamente sencilla, el asunto es que hay que pelear con intereses internacionales que han calado muy hondo en las grandes ciudades.

Sara destaca la necesidad de una integración regional efectiva y una cooperación fluida entre los países de América Latina.

TSS – ¿Cree que el Estado tiene el poder suficiente para frenar a las multinacionales?

Es difícil, pero creo que es muy importante que el Estado tome conciencia de que no es cuestión de pasar un período político, sino de dejar el patrimonio local para las generaciones futuras. No es fácil lidiar con las poblaciones de las grandes ciudades, que muchas veces lo que quieren es tener un coche último modelo. Está bien, todo es respetable, pero hay que respetar el futuro también. Lo que pasa es que la vida política es dura y se hace en las grandes ciudades, y en las grandes ciudades se pierde conciencia de lo que pasa en el interior, de las necesidades de los pueblos. Lo que hay que preguntarse es: ¿ciencia y tecnología para qué? ¿Ciencia y tecnología para quién? ¿Para la sociedad o para las grandes firmas internacionales? ¿Qué mejor que las tierras argentinas para producir lo que los pueblos precisan? La industria nacional tiene que trabajar al servicio de sus necesidades, producir equipamiento para el campo que permita hacer una producción agrícola pero con instrumentos más modernos y distribuir la tecnología por todo el país.

Sara termina de hablar y se levanta del sillón. Su escasa estatura y su menuda contextura pueden engañar a más de un desprevenido. “La verdad que para ser tan chiquita hice bastantes cosas. Y hay gente que ya lo sigue, tengo discípulos en varias ciudades”, cuenta orgullosa. Y concluye: “creo que me puedo morir tranquila, que han quedado marcas”.

Nadia Luna / Fotos Diego Sandstede 
25 jun 2014 

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