5 jun. 2014

El 'apolítico' y el 'indiferente'; una creación del posmodernismo y el neoliberalismo

Cuántas veces ha sucedido, en discusiones cotidianas, que recibimos como respuesta - una negación al debate más que una respuesta- una excusa con respecto a la distorsión que nuestros ojos ' politizados' sufren, en comparación con los 'no influenciados', y por ende suponen, 'objetivos' que resulta con quien conversamos.
Todo sistema político dominante ha intentado apalear a cualquier tipo de ideología que nazca como su contraposición naturalizando su  propia ideología a través de su poder material hasta el punto de lograr que el dominado reproduzca con total apropiación las ideas del dominante.
Para extrapolar un poco con un ejemplo cotidiano, no se entendería entonces, cómo un jefe o jefa de familia que apenas llega a fin de mes reproduce la xenofobia y el trato de otredad hacia los laburantes de países limítrofes como Bolivia o Perú, cuando están más cercanos en su condición material de vida a éstos que quienes generan, producen e inician la cadena de reproducción de la ideología.
En este marco, cada sistema político ha 'desnaturalizado' todo pensamiento ajeno a su concepto de producción social y el Capitalismo, en especial en su etapa neoliberal, se ha encargado de 'despolitizar' - o al menos hacerlo discursivamente- la política. Esto no es otra cosa que quitarle tanto su contenido social y cultural como su acción y práctica, quedando derivada a un grupo selecto de políticos para su manejo (la famosa clase política y la política burguesa).


Pero no ha sido sólo el capitalismo quien ha implementado ésta 'desideologización' de la Ideología y 'despolitización' de la política. A partir de los años ochenta, pero sobre todo a partir de la caída del muro y una malversación de la teoría revolucionaria del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el posmodernismo, y sobre todo el autonomismo, de la mano de Toni Negri, John Holloway y en Argentina el aporte de Rubén Dri, se han encargado de la sistematización y universalización de esta concepción en la cual la política no tiene como componente principal la lucha por el poder.
Aquí entra en consideración una frase de Rosa Luxemburgo en su libro "Reforma o Revolución" que analiza - en su momento el rol de los social-demócratas- diciendo: "Quien desee.. declarar la guerra contra la doctrina marxista...debe partir de una estima involuntaria por Marx.
Debe reconocerse discípulo suyo, buscando en las enseñanzas de Marx los puntos de apoyo para lanzar un ataque contra éste, a la vez que califica a su ataque de desarrollo de la doctrina marxista."


Gramsci escribió en su juventud un texto que se llamó 'Odio al indiferente', más allá que haya sido crudo y bastante insultante para quien lo leyera y no estuviera entendido en el tema, no pierde la vigencia y el realismo latente al afirmar "La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia."
La crítica a Gramsci no es por el texto en sí, sino porque la sangre pesó en su juventud como para escribir palabras tan directas y nada llamativas para quien quisiera acercarse a un pensamiento nuevo y transformador, parafraseando a Daniel de Santis, nunca hay que olvidarse cómo pensaba uno antes de ser consciente.
Básicamente, no existe pensamiento por fuera de la política ni de la ideología, para continuar con la línea, dejo una nota titulada Ideología e Ideologías de Roberto Follari que copiamos a continuación y subrayamos lo que considero fundamental:




Todos tenemos ideología. La creencia de que la ideología es sólo cuestión de quienes se interesan en política es una ingenuidad. Como profesor de Teoría del Conocimiento, no puedo cansarme de enseñar a mis alumnos universitarios que la ideología más fuerte es la de aquellos que creen no tenerla.

Es que la ideología no es una idea acerca de la política, sino las nociones que todos tenemos –y no siempre de manera plenamente consciente– sobre qué es la sociedad, qué es el individuo, qué es la justicia social, qué es el poder, etcétera. Para sostener esas ideas, no se requiere pensar explícitamente en política. Todos vivimos en sociedad y tenemos un modelo implícito de qué es bueno y qué es malo para la sociedad, aunque jamás hayamos dicho una palabra específica sobre el sistema político.

De tal manera no existen las personas “independientes”, no hay quienes no respondan a ideología alguna. Todos dependemos de nuestras ideas, y –lo peor– es que no todos somos conscientes de que las tenemos y mucho menos de cuál es el origen de las mismas, no sabemos a menudo por qué pensamos como pensamos.

Las ideas no nos vienen del cielo ni del interior de nuestra cabeza. Son la resultante de una serie de influencias que hemos pasado en nuestra vida: el sector social al que pertenecemos, el género, la época, las escuelas a que fuimos, las iglesias a las que pudiéramos haber pertenecido, los clubes, los amigos. Todos ellos han hecho que seamos los que somos. Nadie se inventa a sí mismo: a lo sumo, cada uno recombina a su manera las ideas que no ha producido por sí solo.

Si hubiéramos nacido en Sudáfrica y no en Argentina, pensaríamos muy diferente. Si hubiéramos nacido en tiempos de Pericles en la Grecia Antigua, hubiéramos aceptado la esclavitud como natural. Si hubiéramos nacido en Arabia Saudita, seríamos muy probablemente musulmanes. Somos el fruto de nuestras concretas condiciones de vida, no el de nuestras individuales elucubraciones.

Entonces, no hay gente que tenga ideología y otra que pueda ufanarse de no tenerla; estos últimos suelen creer –erróneamente– que pueden ponerse “por encima” de quienes asumen explícitamente su ideología. Pero en verdad, ideología tenemos todos. Están los que saben que la tienen, y por ello pueden razonar sobre ella, modificarla. En cambio, los que se creen “independientes” ni siquiera se han enterado de la ideología que los atraviesa. Por tanto suelen creer, con ingenuidad conmovedora, que ellos dicen “cómo son las cosas”, que sus opiniones son neutras y objetivas. De tal manera, confunden el modo singular en que sus lentes les hacen ver la realidad, con la realidad misma.

Sucede con alguna veterana comensal de la TV que cree que la sociedad es igual a los rumbos de Recoleta o Barrio Norte, en Buenos Aires. Como ella vive allí y sus amigas son señoras adineradas que toman el té en ratos de ocio, ella vive en una burbuja, pero cree que todo el mundo piensa como se piensa en ese lugar. Ella habla con “la gente”, y esa gente –sólo ésa, claro– piensa igual que ella. De tal modo que cree que el mundo es idéntico a como ella lo ve, aunque lo mire por una rendija mínima que muy pocos –con ese poder adquisitivo– pueden compartir.

De modo que a no enorgullecerse de que “pienso por mí mismo”, “no soy militante de nada”, “digo las cosas como son” y parecidas muestras de desconocer cómo es que están formadas las propias ideas que todos llevamos. El que dice esas cosas y cree no ser dogmático por no adscribir explícitamente a una ideología política es doblemente dogmático: no solamente tiene un pensamiento determinado y una perspectiva parcial (jamás podría ser de otra manera, para los seres humanos), sino que ni siquiera se entera de ello. Cree que su singular mirada del mundo es igual al mundo mismo. Por ello no tiene la menor posibilidad de reaccionar frente a sus propias distorsiones, de modificar su pensamiento o de afinarlo. Confunde su propia mirada con los objetos que capta a través de ella.

Por lo dicho, aquellos que dicen no tener ideología y se creen libres de ella están instalados en el dogma y lo acrítico a total plenitud, en nombre de la pretendida “independencia de pensamiento” a que tantas veces se apela, sobre todo en una TV nacional cada vez más ignorante y atolondrada.
Roberto Follari: Doctor en Folosofía. Universidad Nacional de Cuyo.

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