6 feb. 2013

Charcos inmundos adornan las calles

Que llueva no es algo tan malo para todo el mundo, hay quienes encuentran el romanticismo de ésta dormitando mientras escuchan el franco lagrimeo del cielo.
Desde mi humilde lugar, me resulta imposible hacerlo, ya que únicamente puedo descansar ante un silencio comparable sólo con el de la ciudad de Comala.
Por éste mismo karma, y pese a todo el esfuerzo que lleva, me encargué de montar una sala de ensayos en lo que podría llamarse mi habitación. Fui recogiendo de la calle cuanto telgopor, caja de cartón y harapo me fue posible y decoré la habitación atándolo junto a sábanas sucias y piolas a la pared.
Si se preguntan cómo quedó estéticamente no les comentaré nada de nada, no es agradable, siquiera para la vista de un ciego podría ser bello ver aquel collage de sábanas agujereadas y trapos colgados.
Dejando de lado lo vistoso y llamativo, por lo menos me desligue de los ruidos molestos que no me dejaban ni cerrar los ojos en la ducha.
Entonces, cuando llueve, tengo una extraña tradición. Desde los quince años, desde el exacto día que los cumplí, cuando nos escupen desde arriba salgo a caminar sin rumbo fijo por las sucias y patinosas calles de la Capital.
Me levanto todos los días, si, todos, y abro la ventana para ver si lloverá, cuando veo que no, vuelvo a desparramarme en la cama abrumado y sin ganas de existir.
¡Si ustedes supieran, o intentaran saber, lo que es meditar bajo la lluvia cuando las gotas caen mojando tu mugroso pelo y brindándote la grata sensación de estar vivo!
Salgo del trabajo- ocho horas diarias de lunes a sábado girando tuercas, ¡Malditas tuercas!- solo esperando que la lluvia caiga desde cualquier rincón en cualquier día soleado y ver como mis compañeros corren a salvarse debajo de alguna inútil parada de colectivo o de algún diario viejo como si fuera un bombardeo y unas estúpidas gotas pudieran hacerles algo.
 Ya tan acostumbrado a sobrevivir de ésta manera, comiendo con la miseria que gano, pidiendo algunos créditos, algunos adelantos, rompiéndome las manos y sin poder pensar, voy sobrellevando mi vida.
Espero que nunca les haya pasado de tener la cabeza vacía, de tratar de emitir un pensamiento y de la labia tan solo salga un ruido casi imperceptible.
Claramente es mi salvación, pensar cada tanto, cuando llueve, pedir cigarrillos a quienes se esconden de las gotas para poder caminar aun más, y esperar que se inunde la ciudad por completo.
Así, cuando el agua tape los edificios, poder nadar como un pez que no quiere volver más a sus antiguos pagos, perdiéndome en alguna esquina para siempre.

Juan Agustín Maraggi

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