1 jun. 2010

Eterna Inocencia

(Imagen de Korda: "La niña de la muñeca de Palo")
Eterna inocencia no es sólo el nombre de una banda de hardcore de nuestro país, también es un ente o una conjunción de palabras milagrosas que nos gustaría tener a todos.
Cabría destacar a que tipo inocencia nos referimos, porque claramente podríamos estar hablando de la que posee un niño, esa perfección inmadura y proscripta de prejuicios que nos rejuvenece a todos cuando nos las refriegan con sus juegos, gestos y ademanes.
O también, podríamos hablar de la inocencia que está estrictamente ligada a la ignorancia, ignorancia tomada por decisión o por desconocimiento
La ignorancia por decisión es a la cual siquiera nombraré -¡uy! Ya lo hice- porque la detesto. La ignorancia de mis nonnos, viviendo en época de dictadura, pensando que todo estaba bien, clara transcripción de los debates familiares de los domingos acerca de las bombas y los desaparecidos, es algo que no comprendo ni haré.
Por otro lado, la inocencia que resulta de la ignorancia por desconocer, en el sentido más puro de la palabra ignorar, siendo idiotamente positivistas, de la ausencia de conocimiento, un viejo zaparrastroso, descuidado, haraposo y todos los adjetivos imaginables para un linyera al cual se le pregunta quién ganó la Tercera Guerra Mundial y ni siquiera sabe que existió.
Hablamos de la inocencia cómo la que poseen los niños, de joven aventurero, no de joven ignorante, del cual prometo que centraré un texto en un tiempo, la eterna, sin entrar en definiciones complejas, de volver todo el tiempo a esa inocencia, la necesidad de todo ser en volver a ver el mundo de esa manera, con esos ojos.
El tema era mucho más simple de lo presentado, en realidad no es la simplicidad del factor, sino adonde quería llegar, ya que podríamos hablar de la inocencia hojas y hojas y no nos cansaríamos ni de leer ni de escribir, pero lo que quiero decir, o expresar es algo que me vino a la cabeza hoy.
Cuando yo tenía esa visión, miraba el mundo con esos ojos, la vida era mucho más simple, eso no me lo puede discutir ni siquiera el lógico que presenta Ionesco en su Rinoceronte, pero los recuerdos son embusteros y me llevaron hasta primer grado.
Dije esto último de los recuerdos porque, la memoria, junto con la inocencia se mezclan y hacen desastres modificando cómo ver y qué ver.
Me acuerdo un compañero: gordito, pelado, de tez media morena, que llegaba siempre con algún corte nuevo para mostrar. Lo raro es que los cortes no eran de pelo, sino en la piel, tenía más curitas que la cantidad que yo llegaba a contar en esa época, me imaginaba yo, con un poco de asombro, con un poco de temor, que vivía en una cueva, en realidad adentro de una roca, es como una mezcla de la casa de Patricio de Bob Esponja y los cavernícolas de la prehistoria, parece que veía demasiado a “Los Picapiedras”.
Así podría contarles millones de cosas, pero hay una imagen que no para de venir a mi cabeza, y ojala que alguno de mis compañeros de ésa época (a los cuales no insistiré que lo lean) pueda retratar en el momento que redactaré lo que quiero expresar.
Nuestra maestra era Estela Halbinger (ME SOPLARON QUE SU APELLIDO ERA ASÍ, SI ALGUIEN SABE EL ORIGINAL QUE SEA TAN AMABLE DE DICTARLMELO CUANDO EL PROFESOR SE DE VUELTA) alguien que siempre vi y nunca cambió, una persona que (tal vez influenciado por esta ignorancia) desde que tuve seis hasta los dieciocho no le cambió ni siquiera una arruga en la cara.
En definitiva, la escuela de mi época no es la escuela que existe ahora, donde un malcriado de seis años es capaz de llevarse una materia o donde te hacen estudiar, la escuela a la que iba yo hace tan sólo trece años era donde te enseñaban la empatía desde el ejemplo. Me acuerdo que Estela, se sentaba un una mesa que daba contra las luminosas ventanas y todos hacíamos una larga cola delante de ella, el primero siempre era el privilegiado, aunque dicen por ahí que los últimos serán los primeros, nos levantaba como bolsa de papas que éramos y nos subía a sus rodillas…
En ese momento la imaginación se dejaba volar, la maestra con su voz pícara nos cantaba mientras nos hacía saltar en su gemelo: “En un caballito gris…. se fue a París, al paso…. Al trote… al galope, galope galope” Aumentando la velocidad de la canción a medida que iba llegando al final.
En esa época no tenía ni idea que era París, y tampoco la tengo ahora porque nunca fui, pero me imaginaba un desierto lejano aunque yo no era un vaquero cómo se creían todos, yo era San Martín, el mismísimo San Martín (que vale aclarar no sabía como era su apariencia física por lo tanto era yo mismo) en el desierto.
El trote levantaba arena… pero el galope, ni les cuento, cuando terminaba la canción venía la insistencia, siempre la insistencia, pero ante ella venía siempre el rechazo “No Juan, los otros también quieren” y volvía a la fila, a esperar mi turno de imaginar nuevamente. Y cómo un sueño que al despertarse se olvida volví a la realidad, con ganas de volver a ésa época y dejar todo céteris páribus.

No hay comentarios:

Artículos Relacionados

Related Posts with Thumbnails