31 may. 2010

Charcos inmundos adornan las calles


Que llueva no es algo tan malo para todo el mundo, hay quienes encuentran el romanticismo de ésta dormitando mientras escuchan el franco lagrimeo del cielo.
Desde mi humilde lugar me resulta imposible hacerlo ya que únicamente puedo descansar ante un silencio comparable sólo con el de la ciudad de Comala.
Por éste mismo karma y pese a todo el esfuerzo que lleva me encargué de montar una sala de ensayos en lo que podría llamarse mi habitación.

 
Fui recogiendo de la calle cuanto telgopor, caja de cartón y harapo me fue posible y decoré la habitación atándolo junto a sábanas sucias y piolas a la pared, en cuanto a como quedó no les comentaré nada de nada, no es agradable siquiera para la vista de un ciego ver aquel collage de sábanas agujereadas y trapos colgados.
Dejando de lado lo vistoso y llamativo por lo menos me desligue de los ruidos molestos que no me dejaban ni cerrar los ojos en la ducha.
Volviendo al tema que nos compete, cuando llueve tengo una extraña tradición, desde los quince años, desde el día que los cumplí, cuando nos escupen de arriba salgo a caminar sin rumbo fijo por las sucias y patinosas calles de la Capital.
Me levanto todos los días, si, todos, y abro la ventana para ver si lloverá, cuando veo que no, vuelvo a desparramarme en la cama abrumado y sin ganas de existir.

¡Si ustedes supieran, o intentaran saber, lo que es meditar bajo la lluvia cuando las gotas caen mojando tu mugroso pelo y brindándote la grata sensación de estar vivo!
Salgo del trabajo- ocho horas diarias de lunes a sábado girando tuercas, ¡Malditas tuercas!- solo esperando que la lluvia caiga desde cualquier rincón en cualquier día soleado y ver como mis compañeros corren a salvarse debajo de alguna inútil parada de colectivo o de algún diario viejo como si fuera un bombardeo y unas estúpidas gotas pudieran hacerles algo.
Ya tan acostumbrado a sobrevivir de ésta manera, comiendo con la miseria que gano, pidiendo algunos créditos, algunos adelantos, rompiéndome las manos y sin poder pensar voy sobrellevando mi vida, espero que nunca les haya pasado de tener la cabeza vacía, de tratar de emitir un pensamiento y de la labia tan solo salga un ruido casi imperceptible.
Claramente es mi salvación, pensar cada tanto, cuando llueve, pedir cigarrillos a quienes se esconden de las gotas para poder caminar aun más, y esperar que se inunde la ciudad por completo y nadar como un pez, como un pez que no quiere volver más a sus antiguos pagos perdiéndome definitivamente en alguna esquina para siempre.


Juan Agustín Maraggi

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Juan, me alegra profundamente que te guste escribir, y noto que lo haces con una pasion genuina. Es lo primero que leo, ya me voy a ir metiendo mas en lo que haces... espero que nunca dejes este habito, ya que al hacerlo con libertad surgen cosas maravillosas y vos lo sabes.

Ademas me gustaria decirte que me gusta la lluvia tanto como a vos, y se que un dia nos va a encontrar charlando debajo de ella.

Por ultimo, debo confesar que ya te elegi como mejor companero de cbc, y deseo que vayamos por mas! Sin mas que decir por el momento, te dejo mi abrazo!

Pola

PC dijo...

en tus palabras recorde las lluvias de mi adolescencia, las 40 cuadras desde el colegio hasta llegar a mi casa. las 50 cuadras desde el Psicologo hasta mi casa.

hoy me diste ganas de que llueva para que aquel joven niño vuelva a salir a caminar, libre bajo la lluvia

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